Éste es un fragmento del libro Confesiones de un Vicioso, ganador del Premio de Crónica Urbana Manuel Gutiérrez Nájera. Aquí te adelantamos algunos pasajes del trabajo que aún no se publica y que contiene confesiones de mujeres que viven y mueren en el ejercicio del oficio más viejo del mundo.
–¿Qué te da un padrote? –le pregunto.
–¡Verga!- responde ella.
La respuesta es un relámpago que deslumbra y aturde por un instante. El hermoso rostro de la joven sexoservidora vuelve a su mutismo, me mira por un instante e insinúa una leve sonrisa que enseguida degrada a un semblante melancólico: “No, no es cierto, no lo sé”. Y después de una ligera pausa prosigue: “Vergas aquí las tenemos de todos tipos y no es eso.” Trata de explicar y explicarse a sí misma. “Yo porque lo quería un chingo, me dijo que tenía que ayudarlo, que debía un dinero y que se lo estaban cobrando. Yo le dije que claro, que lo ayudaba. Estaba dispuesta a trabajar, pero no me imaginaba dónde... Me trajo varias ocasiones por este rumbo en el coche y nada más dábamos vueltas enfrente de las chavas y no me decía nada. Hasta que un día me dijo la forma en que necesitaba que lo ayudara era así: y me hizo trabajar de puta. Yo le dije que no. Pero él siempre me insistía, decía que solamente por una temporada, que las personas a las que les debía dinero eran muy malas.“
La figura del padrote (y en ciertos casos, la madrota) es emblemática en la prostitución. A este personaje se le suelen colgar etiquetas de la más diversa índole. Desde el bello semental capaz de desplegar sus dotes sexuales y seducir a las mujeres, quienes en su afán de permanecer a su lado ejercerán la prostitución, hasta la del brutal explotador que esclaviza a las mujeres a base de violencia física. Estas figuras simplificadas del imaginario colectivo, en ocasiones, tienen poco que ver con la vida real, que siempre es más compleja.
El padrote no es necesariamente el galán que deslumbre por su belleza y dotes amatorias. Al contrario, en su mayoría su apariencia es bastante común y corriente; y aún más sorprendente, su aspecto puede ser bastante pedestre y hasta insignificante (he mirado a varios y, en ocasiones, el contraste con la chica que abrazan y regentean, es total. Ellas altas, guapas y de buen cuerpo. Ellos, feos y vulgares).
El amor es uno de los métodos más socorridos para cautivar y enganchar a las chicas. La relación amorosa es entendida por ellas como un compromiso de mutuo apoyo; y las adversidades deben ser enfrentadas juntos. Es ahí donde aparece el secreto que va a trazar el camino del chantaje emocional, como un principio. De tal forma que lo primero para los padrotes es establecer una relación sentimental con la chica asediada.
Así me lo cuentan algunas que se desempeñan en la zona de La Merced. En su gran mayoría proceden de provincia, de condiciones modestas, si no es que de extrema pobreza. El acecho de sus padrotes inicia desde que llegan a trabajar a la ciudad de México. Es costumbre de los proxenetas desplegarse y rondar las terminales de autobuses y algunas zonas residenciales de la ciudad, donde abundan jóvenes incautas que trabajan o buscan acomodo como sirvientas.
Una joven originaria de Oaxaca me platica su experiencia: “Lo conocí en mi trabajo, yo era sirvienta en una casa de Satélite. Cuando salía a un mandado se me acercaba y me hablaba. Yo lo vi normal, después nos hicimos novios. No pasó mucho tiempo y empezó a decirme que nos juntáramos. Yo no quería al principio. Hasta me llevó con mi familia, para decirles que nos íbamos a casar, cuando juntáramos dinero. También fuimos con sus familiares, en Puebla. Así que nos juntamos. Después de un tiempo me dijo que estaba enfermo y que ya no podía trabajar, que necesitaba dinero para sus medicinas, que sólo hasta que sanara. Y que la única manera que lo podía ayudar era trabajando aquí”. Otra chica de Hidalgo relata casi la misma historia, salvo que a su padrote lo conoció en una terminal de autobuses. Cuando las chicas se niegan a trabajar, aparece el chantaje: “Como le dije que no, me empezó a dejar sin dinero para el gasto”. Y sin recursos económicos (pues ya no trabajan), las mujeres son más vulnerables. De forma gradual o intempestiva, son aisladas de toda amistad o parentela que las pudiera socorrer. Muchas ni siquiera tienen familiares o conocidos en la ciudad. “Yo me quería ir, pero no sabía a dónde, no sabía ni siquiera cómo llegar a la terminal de autobuses. Estaba sola, ni dinero tenía”.
Ahora los padrotes se aprestan a recibir los dividendos y las mujeres a recibir las humillaciones: “Estar aquí parada por primera vez es de lo más horrible. Estuve una semana llorando, sin nadie con quien hablar. Él me quitaba el dinero y hasta me esculcaba el bolso para ver que no me quedara con nada”. Abatidas y derrotadas emocionalmente (y en su caso físicamente), la autoestima de las chicas se derrumba. Con resignación asumen su nuevo oficio. Unas con la esperanza de que solamente será por un tiempo y otras con la certeza de que su condición será permanente.
Las mentiras, los golpes y lo demás
Una vez encauzadas, los proxenetas disfrutan y las sexoservidoras se justifican: “lo quiero”, “ya me acostumbré”, “tenemos hijos”, “él también trabaja”, “no lo sé”. No importa que las mujeres sean conscientes de que son explotadas y humilladas, aceptan su status. Varias de ellas, incluso, aceptan tener “hermanas”. Es decir, comparten con otras prostitutas la esquina, el cuarto y el padrote.
Pero los plazos se cumplen y aquellas que superan la resignación, reclaman el cumplimiento de lo prometido: “Pasaron dos meses y él estaba bien tranquilo. No me decía nada de cuando me iba sacar de esto”. Ellos maquinan diferentes prórrogas. Otros padrotes ponen kilómetros de tierra de por medio y las alejan más de sus familiares: “Me llevó a Tijuana”. Así pues, Veracruz, Puebla, Tampico… suelen ser los múltiples destinos pero el motivo es el mismo: aislarlas, que no se arraiguen a ningún lugar, convertirlas en unas errantes del sexoservicio y de sí mismas. Después, los hombres ya tampoco tienen empacho en desenmascararse y zanjan de una vez las esperanzas que pudieran albergar las mujeres de salir de la prostitución: “Tú te chingas, que para esto naciste”. Otros proxenetas inventan fines en común: “Vamos a construir nuestra casa de una vez, ya que estás en esto.” Con ruegos y planes de futuras riquezas y pleno bienestar, las mujeres nuevamente son engañadas. “Me dijo que le siguiera trabajando, que con el dinero que yo estaba ganado había empezado a construir una casa de dos pisos, y el culero me llevó a ver una dizque construcción, pero todo era mentira y todo el dinero que le daba se lo gastaba él con su otra vieja.” Las reacciones de las mujeres ante su situación son variopintas. “Ya me acostumbré, además lo quiero y me trata bien”, dicen algunas. Es común que muchas prostitutas bajo el lema de “me trata bien” y bajo la amenaza de que “pudo ser peor”, se sientan hasta agradecidas con sus explotadores.
Reflexionar sobre su nuevo quehacer no está en los tiempos de otras mujeres, que amenazadas y ultrajadas físicamente son obligadas a permanecer al servicio de su amo. Basta con observarlas y no tardaremos en encontrar huellas de violencia física en su cuerpo. Así lo confirma una chica: “Las cachetean bien feo, las patean, les hacen de todo, fíjate en la que está en la esquina, tiene un pinche moretón en su jeta”. ¿A ti no te pega tu padrote?, le inquiero. “No, hasta eso que no”. Otros lenones, un poco más “precavidos”, las aporrean en partes del cuerpo no tan visibles, pues latigazos y quemaduras de cigarrillos marcan las espaldas y nalgas de sus mujeres. Hay humillaciones que perviven únicamente en la mente de las víctimas y de alguna que otra de sus confidentes: “Un día que no llevó dinero le dio una putiza de aquellas, hasta le metió la cabeza en la taza del baño¨.
Existen prostitutas que después de las golpizas salen a trabajar con más ahínco. No importa que los moretones en la cara y el cuerpo hagan dudar a más de un cliente en convenir sus servicios. Ellas lo único que piensan es en complacer a su hombre, en llevarle más dinero; no le temen a la violencia sino al abandono y a la soledad. Por eso ayer, Violeta, una prostituta chiapaneca, me confesó que se hincó ante su proxeneta cuando le dijo que la iba a dejar. Ella, con el greñero revuelto y la sangre escurriéndole, le suplicó que no lo hiciera, que sin él, ella no es nadie. Y le prometió trabajar con más ahínco y llevarle más dinero; así lo detuvo. Ahora, desde su esquina y con la cara hinchada, le habla por celular a cada instante y con palabras cariñosas le dice que lo ama más que a su vida.
Hay casos aún más dramáticos, donde ni siquiera existió un preludio de amor simulado. Y todo fue violento y cruel desde un principio. Así le sucedió a Liz, una chica de dieciseis años que fue secuestrada en el estado de Puebla. Cuenta que ocurrió de noche, cerca de su casa. Mientras caminaba rumbo a la base de autobuses, se le emparejó un automóvil del que bajaron varios individuos. Sin darle tiempo de nada, la amagaron y adormecieron con un trapo impregnado con algún líquido. Amaneció en la ciudad de México. Aquí fue amedrentada y víctima de una violación tumultuaria por sus raptores. Las amenazas incluyeron a su familia completa. Para más credibilidad le enseñaron una foto de su casa y le dijeron algunos datos sobre sus progenitores. Si no hace lo que ellos le ordenan, prometen matar a toda su familia. Ella, desesperada, accede. Tiene que prostituirse en la Merced. Los hombres la instruyen y le determinan una cuota diaria y mínima de dinero. Si no cumple, la golpean. Todos los días acude a su trabajo en Circunvalación, desde las ocho de la mañana hasta que reúna el dinero exigido, las seis, las siete, las nueve de la noche… Dice que vive con unas mujeres, también prostitutas, que la cuidan. Por la noche llega el proxeneta y le quita el dinero y la amenaza nuevamente. Mientras me cuenta su historia, se da cuenta de que tengo una cámara y desesperada la señala y me suplica que no la grabe, por favor. Y comienza a llorar, que por favor, no la grabe
Algunos padrotes hacen notar que son los dueños de esos cuerpos y, como si fueran simple ganado, obligan a sus mujeres a tatuarse el nombre o el apodo de ellos: El Pato Lucas, Israel, Román… Una rúbrica que siempre les hará recordar a las prostitutas que son una simple pertenencia.
La cuna de los proxenetas
Quizá Tenancingo sea el único poblado reconocido por ser cuna de un sinnúmero de lenones. El mapa de los Municipios de Tlaxcala informa que su población ronda los 10 mil 500 habitantes y las actividades económicas son la ganadería, la industria y la agricultura, siendo esta última la más importante. Nada menciona la otra actividad, y que muchos pobladores saben que es la más redituable: la trata de blancas. No en balde la casa de uno de los padrotes más conocidos, se levanta, enorme y colorida, casi frente al Palacio Municipal; no es la única, las suntuosas construcciones abundan en el poblado, alternando con otras humildes, que son mayoría. En sus calles hay al menos tres letreros que advierten: “La trata y tráfico de personas es un crimen. Denúncialo”.
Es tradición en varias familias, que habitan este punto del pequeño estado de Tlaxcala, que sus hijos se dediquen al negocio de la explotación sexual. Es un oficio tan arraigado, que la fotógrafa Maya Goded entrevistó a un proxeneta conocedor de los secretos del lugar y le contó cómo muchos de los niños son iniciados en el oficio con una especie de ritual: “A la edad de 12 años, comienza la iniciación para ser padrote. Se hace una fogata y se mata a un chivo, se acuesta al niño con la sangre del chivo. Digamos que se dibuja en el torso del niño, con sangre, una línea con una cruz y un círculo en el ombligo”. Tampoco resultó raro que el 5 de enero del año 2004, proxenetas originarios de Tenancingo fueran noticia en los periódicos y televisoras norteamericanas. Las autoridades desarticularon una banda denominada los Lenones y que se dedicaba al trasiego sexual. Originarios de Tenancingo, el grupo era conformado por Consuelo Carreto Valencia, sus hijos Josué Flores Carreto y Gerardo Flores Carreto quienes, junto con su primo Eliú Carreto Fernández, enviaban mujeres mexicanas a la ciudad de Nueva York, específicamente a Queens y Brooklyn, donde Edith Mosquera de Flores era dueña del prostíbulo en que tenían a nueve féminas cautivas y que obligaban a prostituirse. Durante 14 años (de 1991 a 2004) lucraron con más de diez mujeres en Estados Unidos.
De perfil más bajo, las madrotas se desempeñan por lo regular como simple cuidadoras de las prostitutas a cambio de una cuota. Unas lo hacen bajo el encargo de los mismos padrotes y otras veces, se erigen como líderes y activistas de los derechos de las mujeres que ejercen el sexoservicio. Y bajo ese título se apropian de banquetas y cobran por usarlas. Fue el caso en la década de los noventas de Humanos del Mundo Contra el SIDA, organización que exigía un pago diario a las mujeres que ejercían de San Pablo a Corregidora, la que no pagaba era violentada. Actualmente, una madrota que tiene sus dominios sólo con las chicas que trabajan en el hotel Tampico, les exige doscientos pesos diarios. Quien no paga no trabaja. A cambio ofrece seguridad ante el acoso de proxenetas y agilidad en los trámites burocráticos ante las autoridades.
En estos tiempos, por enésima vez se pretende reglamentar la prostitución en la ciudad de México y, naturalmente, no hay un consenso. Que si legalizarla es significado de legitimar una forma de esclavitud, que si los beneficiados son los proxenetas, que si el gobierno se convertirá en el principal padrote… que se va tener una forma más ordenada y segura en este oficio, que si es por el bien de las chicas… Aquí los diferentes intereses entre las mismas prostitutas es diverso y la reacción ante esta situación es tan variopinta, que podría salir otro libro y mejor no. Lo único que podemos asegurar es que para muchas de estas mujeres, la prostitución es un oficio honesto y redituable que les ha permitido sacar adelante a su familia, algo que de otra forma hubiera sido imposible o casi.
Orlando Cruzcamarillo
(Nezahualcóyotl, 1978) Fue expulsado de cinco Universidades y de cuatro carreras distintas antes de dar con su vocación. Es exiliado de Física, Matemáticas, Ingeniería y Filosofía y Letras. Sin embargo, tantos años de irse de pinta lo convirtieron en un destacado alumno de las calles. Fue ahí donde comenzaron a llamarle la atención las prostitutas. Orlando no entraba a clases, pero se iba a La Merced a observar a las mujeres, que por angas o mangas, se ven en la necesidad de comerciar con su cuerpo. Él, que ni cliente era porque no tenía dinero, comenzó a hacerse amigo de varias de ellas. Algunas lo invitaban a tomar cerveza o a comer. Orlando les hacía preguntas, sin sospechar que un día escribiría un libro. Pero lo hizo, ganó el premio de crónica urbana Manuel Gutiérrez Nájera y muy pronto saldrá publicado. También, antes de que termine el año, el Conaculta le publicará su primera novela de ficción, El último poeta del universo, en la colección El Guardagujas.
(Con información de NSS Oaxaca)




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