Las encontramos menos caras o muy baratas. Cerca de los mercados, como es el caso de la Ciudad de México, en la zona del mercado de La Merced o San Pablo.
-¿Por qué andas en esto? – preguntamos a una bonita chica de cuerpo lujurioso y cara de inocencia, que junto con otras chamacas, casi niñas, monta guardia en una esquina a dos cuadras de La Merced, en espera de clientes.
-¡Ay! “mano”, qué pregunta. No ha de ser por gusto, - mastica su chicle y nos ve directo a los ojos, distendiendo su boquita en una media sonrisa – tengo dos hijos, “carnal,” y necesito “harta feria” pa´ mantenerlos, pagar el hotel y un “chingo” de otras cosas.
-Pero estás re´ bien, ¿por qué no buscar un lugar mejor pagado?
.¿Dónde? ¿En Insurgentes? Ahí no dejan arrimarse, estamos muy devaluadas. Según el sitio es el billete.
Esta zona es de las más económicas; genitalmente hablando, un “palito” sabroso te sale en cien o ciento cincuenta, según te “vean la cara” o la “urgencia”.
A varias cuadras de aquí, sobre avenida Circunvalación, la “mercancía” tiende a la baja. Las damas cobran sesenta u ochenta “varitos”. Claro, ya no tienen la esbeltez ni la dureza que uno y ellas quisieran. Aquí las “lonjitas”, las várices, las arrugas y otros deterioros, asoman ofensivamente en estos baratos cuerpos.
-¿No te piensas jubilar?- Preguntamos a una cuarentona “sexo edecán” de sesenta pesos el “parche”.
-No, m´hijo, ¿quién se jubila ahorita? La crisis está “cabrona” y las necesidades son muchas...
Caminamos por esa avenida y abundan las de sesenta (pesos, no años). Nos encaminamos hacia el parquecito de Loreto, donde están las de tarifa mínima, que cualquier “desesperado” puede pagar. Estas damitas se alquilan por la mínima cantidad de treinta “varos”. Sí, leíste bien, treinta “pesillos”. Su precio va acorde con su edad, todas pasan de los cincuenta años, algunas van más allá de los sesenta o setenta. Sus rostros son más bien máscaras de plastas de colores. Cuando ríen, grandes y profundas grietas hacen de esas risas, dramáticas caretas de dolor, hambre y miseria.
-Todavía agarramos clientes, aunque te asombres- me comenta la anciana “talonera” a la que me he arrimado para sonsacarle algunas palabras.
-Claro. Nuestro clientes no son “chavos” ni de la realeza. Ríe con su cueva “chimuela” que exhala vahos “pulquíferos” y “teporochezcos”.
-Nuestro clientes son “ruquitos” como nosotras o borrachitos conocidos nuestros.
-¡Hasta que agarraste uno con zapatos! –se burla otra viejita, rengueando hacia nosotros.
-Sólo me está entrevistando, pendeja - le contesta la primera. Ambas ríen y se bromean.
Le agradezco la atención a mis preguntas, le doy un billete y me alejo...
-Oye, por este dinero te lo mamo, si quieres- me grita la entrevistada, yo sonriendo, le doy a entender que “no” con mi mano y sigo caminando para luego, sentir tristeza...



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